En la década de 1990, el difunto Pablo Escobar, jefe del Letrero de Medellín, pagó a sus asesinos exactamente la misma cantidad, $700, por la desaparición de cada uniformado. Su clan aun asesinó a mucho más de 600 policías.
Es triste decirlo, pero es verdad que solo un puñado de hombres en la narración de la raza humana ha vivido una vida tan llena de lujos, fortuna y bienestares como la de Pablo Escobar. La persona responsable de dirigir un negocio mucho más grande que todas y cada una de las economías de numerosos países. Un vendedor de drogas tan enorme y sin corazón que si hubiese aparecido en Breaking Bad, Walter White habría vuelto a educar química sin pensarlo un par de veces.
Decir que la vida de Escobar fue excéntrica es quedarse corto. Sacadas de contexto, muchas de sus acciones y compañías semejan burlarse de la verdad parece ser absurdas. Pablo logró escaparse con la suya muchas veces, merced a su terminado desinterés por la vida humana y la avaricia que lo controlaba a él y a los que le rodeaban.
La primera temporada acabó con la fuga de Pablo Escobar de «La Catedral», la prisión donde controlaba su organización criminal mientras que «cumplía» su condena, después de que el ejército colombiano sitiara el sitio. y se metió en los tiros. Varios se van a preguntar de qué manera el hombre mucho más buscado de Colombia consigue huír del operativo masivo que se montó en torno a la prisión, pero por si acaso no lo han sentido, hablamos de un individuo que ha sembrado el temor en los corazones de los colombianos a lo largo de años.