Pero las sirenas no cantan para agradar a los hombres, sino más bien para atraerlos hacia ellos, lograr que sus navíos choquen contra las rocas y de esta forma poder matarlos y alimentarse de carne humana. El mito de las sirenas lo cuenta Homero en el Canto XIX de la Odisea.
Hace unos años, en el momento en que en este país nos agradaba la prensa competitiva, escribí un producto para mi amado y respetado períodico EL IMPULSO con exactamente el mismo sentimiento que lo hago en este momento. ¿Como?. Intentando de ilustrar, mediante mi opinión, las desviaciones que en materia popular, familiar, espiritual y política tienen la posibilidad de producir ansiedad en el ciudadano y contribuir a alguien en sus inquietudes y confusiones, singularmente bíblicas. Para esto usé una figura que me cautiva desde pequeña: La Sirena.
Las sirenas son seres fabulosos, originarios de la mitología griega y muy extendidos en las narrativas de la literatura occidental. En verdad, esto nos comunica que jamás aparecieron en la verdad. Pero los pequeños e inclusive los mayores se sienten atraídos por ella. El saber de su falsa vida solo puede ser útil para situar a nuestros afables leyentes en la antesala de una reflexión que nos puede dejar una lección.
¿Qué nos dicen tus canciones sobre la costa de nuestra alma?
Cuenta la mitología que las sirenas emitían preciosos cantos para captar los marineros y hacerlos zozobrar. En varias ediciones diríase que las devoraron, en otras que los marineros contentos dejaron de comer y se fallecieron de apetito oyendo sus preciosas voces en una suerte de pues, o maldad innata de las sirenas.
La versión mucho más atrayente, no obstante, es la Odisea, donde Circe asegura a Ulises la sabiduría y la iniciación a la luz de la conciencia. Consigues esta sabiduría si puedes percibir el canto de las sirenas (una versión de todos modos mucho más complicada que en el momento en que se muestra con el fácil mal de cautivar y matar marineros).
Las sirenas enigmáticas
Ulises proseguía su viaje hacia Ítaca y su querida Penélope acompañado de sus infatigables hombres. A lo largo de tres días y tres noches, Ulises continuó inmerso en sus pensamientos. ¿Quizás se preguntaba cuál sería la próxima eventualidad? Tras una visita «atractiva» a Hades, la tripulación se dirigió hacia su destino. Pero pese a sobrepasar este obstáculo, nuestros personajes principales aún tenían muchas sorpresas aguardándolos. En verdad, el próximo reto que les aguardaba sería entre los mucho más conmemorados de Odisséia, por sus tonos mucho más trágicos.
Mientras que navegaban, los vientos que los habían guiado a lo largo de su viaje desaparecieron de repente. Las aguas continuaron quietas, tal y como si flotaran en un estanque. Estas extrañas situaciones parecían presagiar un horrible presagio para Ulises y el resto de la tripulación. De a poco consiguieron divisar la costa de una bella isla hacia la que indudablemente se dirigían. Supuestamente, no se advertía nada arriesgado en el horizonte. Pero entonces Ulises recordó lo que le había dicho Tiresias y próximamente entendió que se aproximaban a la enigmática isla de las Sirenas.